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Fernando Cabrera: «El silencio tiene un valor muy alto, pero más que en mi música, en mi vida”

Fernando Cabrera fue durante muchos años el secreto mejor custodiado de la música uruguaya. Hoy ya no lo es, pero hace falta seguir descubriéndolo. Para eso brindará cuatro shows en el Café Vinilo para presentar, además de sus clásicos, las canciones de su nuevo trabajo “432”. Y, naturalmente, para seducir a la audiencia con la particularidad de su poesía, de su voz, de sus acordes y de sus silencios.

¿Cómo fue el proceso de gestación del nuevo disco 432?

Fue muy interesante. Cuando tuve las canciones (dejé dos afuera a último momento) las ensayé con el quinteto que me acompaña en los últimos años. En la casa de Herman Klang el tecladista. Él tiene todo montado para poder ensayar y hacer grabaciones rápidas con comodidad. Luego de eso organicé una serie de actuaciones en un local de música llamado Bluzz Live, cuatro recitales hace un año. Seis meses después repetí la experiencia con otra serie de actuaciones en el mismo lugar. Y por mayo o junio nos pusimos a grabar en un buen estudio de Montevideo, Vivace. Luego mezclé con Óscar Pessano. Y luego me aboqué a la tapa del disco, fotos, diseño gráfico, etcétera. El sello Ayuí lo editó ahora a fines de noviembre.

¿Cómo trabajás la composición, cómo se entrelazan la letra y la música?

Cada canción es un caso aparte. A veces se parece al proceso de un escultor, que va puliendo la piedra con un cincel, de forma laboriosa y lenta. A veces es como un pintor que pone una tela o un papel en blanco y empieza a colocar una primera capa y luego otras. A veces es como un regalo: tocan el timbre, abrís y te encontrás un paquete misterioso.

¿Qué valor le otorgás al silencio en tu música?

Un valor muy alto, pero más que en mi música, en mi vida. En la música también, aunque de un modo más musical. Por ejemplo, no siempre toco el acorde completo en la guitarra, sino que toco alguna nota fundamental del mismo, que junto a lo que estoy cantando en ese momento dan una idea clara de la armonía. No hace falta más ya que el oído del espectador hace el resto. Ahí no hay silencio, pero hay economía. Respecto a mi vida diaria busco, siempre que puedo, el mayor silencio posible. Cada vez me cuesta más ir a bares o cualquier sitio público porque la humanidad está en una fase bastante idiota donde cree que la música debe ser omnipresente, que la música atrae o alegra. Y además debe estar a un volumen agresivo, molesto. La verdad es que los hipócritas de los bolicheros ponen la música fuerte para que los clientes hablen a los gritos, se queden poco menos que afónicos, les dé sed, y así consuman más bebidas. Una vieja artimaña.

Trabajaste con dos grandes como Mateo y Darnauchans. ¿Qué te quedó de ellos?

 Un gran aprendizaje de música y también de generosidad, porque ambos me volcaban todos sus conocimientos sin guardar nada, eran muy didácticos. Por mi parte traté de devolverles tanta riqueza con gestos y apoyos de todo tipo: materiales y afectivos.

Pronto volvés a Buenos Aires ¿Qué expectativas tenés cada vez que venís?

Aprender cada vez un poco más de los infinitos vericuetos de esta ciudad inabarcable. Ciudad que tiene tantas facetas como personas.

Fernando Cabrera se presenta en Café Vinilo los días 11, 12, 13 y 14 de enero.

Guillermo Cerminaro