A finales de los 80 en algunos recitales se gritaba “Luca no se murió, que se muera Cerati…”
Por suerte esos niveles de violencia verbal no existen más en el rock, aunque en la actualidad han alcanzado su cenit en la política de la mano del propio Presidente de la Nación.
Lo cierto es que, demasiado temprano, en el año 2014, murió Gustavo Cerati.
El intento instalar a Cerati en un escenario en base a proyecciones holeográficas, video mapping o sincronizando sonido y actuación se acerca, aunque no en un sentido puro, a la idea de simulacro de la que hablaba Jean Baudrillard.
En la gira que comenzó en Buenos Aires y sigue por Latinoamérica, el contraste con la presencia física de Zeta Bosio y Charly Alberti acentúa la brecha y deja más al descubierto lo que es evidente: Gustavo no está.
Cerati podía pifiar una nota, superarse a sí mismo, salir de lo previsto. Acá no existe esa posibilidad que es inherente a cualquier show en vivo.
No se puede pensar que se está en un recital de Soda sino en un híbrido mezcla de simulacro y realidad, más aún cuando el que falta es mucho más que un tercio de la banda.
No es la idea quitar la ilusión a los que, como se puso de moda decir, eligen creer que sí está y disfrutan que así sea.
Siguiendo la idea que el Mono de Kapanga esbozó en una lluviosa noche de Rock en Baradero, ¿no es hora de dejarlo a Gustavo descansar en paz?
Guillermo Cerminaro