¿Por qué delegar en las máquinas lo que más nos gusta hacer?

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¿Cómo es posible que estemos dispuestos a delegar en las máquinas acciones que no sólo nos gustan hacer sino que nos constituyen como es el caso de las que están vinculadas con el arte?

Martín Kohan dice con su verborragia característica: “En mi casa hay una lavadora de platos y eso es una gran cosa porque a mí no me gusta lavar los platos”. Y continúa: “Si vale la  analogía deberá detectar algo en la literatura que me produzca el mismo fastidio que me produce lavar los platos. Entonces diría bienvenida inteligencia artificial, lector de no sé qué, corrector de no cuánto, así me libera de hacerlo a mí. Pero la literatura me encanta. Y no he terminado de entender porque alguien a quien no le encante se dedicaría a algo como la literatura que probablemente procure muy pocas cosas, eventualmente ninguna, excepto la enorme felicidad que nos da leer y escribir”

Siguiendo esa línea parece un despropósito usar la IA para reemplazar lo que podemos hacer y que nos da placer. Y lo peor es que está delegación de facultades han tenido el efecto de que, por primera vez en años, estudios recientes demuestran que en lugar de ser cada vez más inteligentes lo somos menos.

Sin negar el valor que puedan aportar las máquinas, Miguel Benasayag plantea la disyuntiva entre la colonización del algoritmo y una hibridación virtuosa, considerando a esta última como la opción deseable.

No es cuestión de desechar la  IA, sino tomarla como un insumo más como puede ser el saber previo, la intuición, el espíritu crítico, la investigación por otros medios.

Más allá de todo, la hibridación del hombre y la máquina  ya está y se va a ir profundizando. Hay que ver quien maneja la pelota.

Mito Mauro