“La música popular de Brasil ha sido siempre un aspecto de la cultura nacional que exhibe una enorme vitalidad. Por lo tanto no podemos dejar de responder a los horrores que se han estado gestando a nuestro alrededor” expresó Caetano mirando a la multitud congregada bajo la consigna “Sin Anmistía”
Eso ocurrió el pasado domingo en Río de Janeiro, en la playa de Copacabana. Caetano Veloso, Gilberto Gil y Chico Buarque junto a un grupo de músicos se reunieron para protestar por la media sanción de una ley que implica la anmistia a Bolsonaro y el blindaje a los parlamentaros para no ser investigados penalmente.
La protesta se replicó en todo el país con otros artistas que se oponen a la medida, aprobada por diputados y que ahora pasa al senado.
La música, quizá como ninguna de las otras artes, es una manifestación de las pasiones alegres de las que habla Spinoza, las que afirman la potencia de ser, como quedo evidenciado en las calles de las principales ciudades de Brasil.
¿Qué pasa en Argentina?
Acá lo que parece imperar son las pasiones tristes, de las que también habla Spinoza: la propia tristeza, el odio, el temor, la burla.
¿Adónde está la música? ¿Adónde están los músicos? ¿Por qué ya no hay música en las calles?
Quizá no haya músicos de esa talla o sí, pero están alejados de los escenarios como Charly García o el Indio Solari, aunque hay muchas dudas (o certezas en el caso del Indio) de que pudieran hacer algo semejante. Sí hay que reconocer que Solari desde lo discursivo aportó aquello de que nos han secuestrado el estado de ánimo, afirmación que tiene más vigencia aún que en los 90.
Es cierto que hay cuestiones culturales, sociales, de coyuntura política, de compromiso social que explican esas dos caras tan diferentes.
Más allá de todo, una pregunta queda flotando: ¿No hay razones suficientes para realizar una gran movilización en las calles que tenga como columna vertebral a la música para afirmar la potencia de un pueblo?
Guillermo Cerminaro