Grupo Krapp: «Nos interesa invitar al espectador a nuestro mundo»

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En Rubios, la nueva obra del grupo Krapp (Luciana Acuña, Gabriel Almendros, Luis Biasotto, Edgardo Castro y Fernando Tur), lejos estamos del orden meticuloso, de los caminos lineales, de las verdades irrefutables: aquí, más bien, asistimos a una oda al fragmento, a la circularidad y a la entropía de la mano de cinco cuerpos que habitan lo de-generado y llevan lo lúdico a un extremo que roza lo perverso.

Hablamos con Luciana Acuña y Luis Biasotto, directores de la obra, para conocer un poco más de su propuesta.

¿Cómo vivieron el estreno de Rubios?

Luis Biasotto: Muy bien, bastante mejor que lo esperado. Los estrenos siempre suelen ser mucho más crudos, más chocados. Esta vez hubo mucha más claridad. La sensación fue positiva tanto internamente como en relación al otro. Lo más complicado de hacer una obra es no saber muy bien cómo son los tiempos, porque no está pautado qué tiempo tengo yo para hacer una cosa sino que es más bien algo interno, un “¡ahora!”. Poder tener ese tanteo en esta primera instancia fue muy bueno.

Luciana Acuña: Sí, todos tuvimos la misma sensación cuando terminó la obra. Fue un buen estreno, a diferencia de lo que suelen ser: más torpes, con más adrenalina, con más fuerza. Ponés todo para cubrir los baches que todavía en la obra, naturalmente, no están resueltos. El estreno y las funciones son parte del proceso creativo, así lo vemos nosotros. No es que terminamos una vez que estrenamos sino que ahí empezamos otra etapa donde la obra se sigue pensando y vamos entendiendo cosas que antes no entendíamos.

¿Cómo fue el proceso de gestación de la obra?

L.A.: Los rubios fueron extraídos de una serie de personajes de nuestra última obra, “El futuro de los hipopótamos”. La manera en que se mueven y se relacionan era un material en el cual queríamos seguir indagando, ahondando más profundamente. Partimos de esas primeras ideas, de esas primeras imágenes; después, dentro del ensayo, vamos construyendo todo de manera colectiva. Es cuestión de ir escuchando eso que va apareciendo.

L.B.: La primera parte de la obra, en la que estamos sin peluca, es más transitiva y tiene que ver con algo incluso previo a la existencia de “El futuro de los hipopótamos”. Esa era la búsqueda, en principio. Hace poco recibí un mensaje diciendo “están muy actualizados con lo que pasó con los rubios”. En algún sentido, los políticos que parecen más ingenuos, más tontos, son los más peligrosos. Pienso que a través de la comicidad uno puede decir las cosas más perversas. Creo que nuestro trabajo tiene algo de esa mezcla, por cómo somos nosotros y cómo son nuestros cuerpos: algo cómico que, a la vez, es oscuro.

L.A.: Nos interesa trabajar con contradicciones. Que no haya una verdad o una pureza absoluta en ciertos pensamientos sino ser como esa gente que termina una afirmación y al rato dice “…o no”. Nos movemos mucho más en ese terreno que en el de las afirmaciones. Me parece que hay algo de las pelucas rubias que, si bien son una parodia, reflejan un poco eso: lo pulcro, lo bello, lo blanco que entra en contradicción con la oscuridad.

Ph: Sandra Cartasso

¿De qué manera transitan el ser no sólo intérpretes sino también directores de la obra?

 L.B.: Venimos trabajando con esta dinámica desde nuestra primera obra. Creo que hoy sería bastante anti-natural pensar en no estar adentro. Nos acostumbramos a dirigir así. Tengo la sensación de que si no hacemos, si no ponemos el cuerpo a las ideas, es bastante complicado explicarlas y hacer llegar al otro a donde nos imaginamos que podría llegar. Esto tiene que ver con la educación que le dimos a nuestra forma de crear. Nos educamos creando de esta manera, siendo parte de la materia prima, no una voz. No me puedo imaginar estando afuera.

L.A.: Nuestros procesos tienen mucho de nosotros. Si bien las obras no son biográficas, tienen algo documental. Cuando hacemos nuestras obras, no somos otros: nos es difícil no estar en escena, no poner el cuerpo. No hablamos directamente de nosotros y, sin embargo, hay algo nuestro que está ahí, un lenguaje que creamos desde hace mucho tiempo que tiene que ver con la violencia, con el choque de los cuerpos, con algo que es muy difícil pedírselo a otro. Hay algo de eso que uno lo tiene que experimentar por sí mismo. Yo no me animo a decirle a alguien que se tire de cabeza y que se rompa el hombro. Me lo rompo yo, no sé. Además, es innegable que hay en nosotros un enorme gusto por la escena.

Me interesaría que me cuenten un poco sobre la propuesta intermedial de la obra: la mezcla entre la escena más pura, el baile y el teatro, y la pantalla de cine.

L.A.: Nosotros ya en dos obras habíamos trabajado con material audiovisual con Alejo (Moguillansky) también, pero todo estaba muy en función de la necesidad de la propuesta escénica. Esos materiales audiovisuales no tenían independencia, más allá de su firma de autor. Todas las personas con las que trabajamos tienen una imaginación genial. Ariel (Vaccaro), el escenógrafo, Mariana (Tirantte), la vestuarista, Matías (Sendón), el iluminador: todos artistas brillantes. No es que les decimos qué hay que hacer sino que estamos abiertos a sus propuestas y a ir construyendo con ellos. La idea de incluir audiovisual de esta manera en “Rubios” viene desde “El futuro de los hipopótamos”. A Alejo se le ocurrió hacer una película, un corto, lo que surgiera (no sabíamos qué iba a ser hasta que lo hicimos), y es eso lo que uno ve al final de la obra. Es un material independiente de la obra pero comparte su mismo germen. Nos resultaba difícil separar estas dos cosas. Nos preguntábamos por qué debería verse “esto” en un cine y “esto” en un teatro, si ambas formaban parte del mismo proceso.

L.B.: En principio, sí estaban pensados como algo independiente. Dijimos “hacemos un día la obra y otro día se proyecta la película”. Después pensamos que tenían que ir juntos. Al existir primero la película, empezamos a influenciarnos en escena con sus materiales. Fuimos probando. Comenzamos a unir, a hacer mixturas, a buscar que algunos objetos reboten todo el tiempo de un lugar a otro, que puedan dialogar. Entre el sonido y las imágenes de la película, proyectamos un poco el anhelo de que estos personajes fuera del teatro puedan ser así, puedan estar haciendo esto.

L.A.: Siempre a riesgo de que sea mucho. Nos interesa invitar al espectador a nuestro mundo, a lo que tenemos, que es muy vasto. No es que no hicimos una síntesis: hay mucho más. Como cuando un amigo te invita a su casa: no es que decís “una hora y me voy”, a veces estás más adentro, a veces estás más afuera, pero estás con sus cosas.


Rubios se presenta sábados a las 21 y domingos a las 19 en el Cultural San Martín (Sarmiento 1551, CABA). Duración aproximada: 90 minutos. Entradas en boletería o vía la página del teatro.

Milena Rivas

Ph: Inés Duacastella