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#Cobertura| Iron Maiden en Vélez

Entre tanta parafernalia debería perderse la música. Las lucecitas de colores, dirán algunos, están para eso: ser la mano ágil del mago ahí donde el truco se esconde en otra parte. Y, sin embargo, en Iron Maiden la cosa no funciona así. Todo es espectacular y escandaloso ya no para ocultar falencias en lo que en definitva importa –la música- sino más bien como un condimiento extra: sabedores de que conocen todos los recovecos del buen show y el duro metal, pueden hasta darse el lujo de pelear a espada con robots gigantes o abundar en pirotecnia.

Porque la puesta en escena –cuidada, muchas veces de bajo costo, otras tantas de gran envergadura-, se dijo, es un condimento. Sólo sazón para sonidos que, al menos en su campo de acción, no tienen competencia posible: la banda de Dickinson es la que mejor maneja los climas en un estilo muchas veces obsesionado con el ruido más que con el sonido.

Seguramente la tríada «Sing of the Cross», «Flight of Icarus» y «Fear of The Dark» fue la que más levantó a un público que, desde hace ya varías semanas, había colgado el cartelito de sold-out en las boleterías. De hecho, bien al principio del show el cantante se disculpó por aquella gente quedó sin entradas y prometió tocar en River Plate la próxima vez.

Y en el estadio de Vélez, esa simpatía por el claroscuro ejemplificada en los tres temas mencionados fue, tal vez, más visible que nunca: con bloques temáticos signados por temas trascendentes –la guerra, la religión, el infierno-, demostraron, una vez más, que ellos tal vez no hayan inventado todos los detalles del metal pero que, sin dudas, los conocen en toda su extensión.

Patricio Cerminaro