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Things get damaged. Things get broken: Depeche Mode en La Plata

El recital de Depeche Mode no tuvo pantallas en la gran mayoría de canciones, desluciendo una buena performance del grupo

Marzo. 2018. Los recitales en estadios hoy no son lo que eran hace unos 30 años. El fin de los 80, y cada vez con mayor y mejor tecnología, marcó un quiebre que, a la postre se instalaría definitivo: los recitales en estadio incluyen no sólo a los músicos en vivo sino otras cosas. En general, esas otras cosas incluyen grandes pantallas para que ver a los artistas desde el campo no sea exclusividad de altos o esforzados espectadores que llegaron temprano o forcejearon para estar apretados adelante. Para otros más creativos, pueden incluir hasta pulseras que bailan al ritmo de las canciones, como aquel inolvidable de Coldplay 2015.

Esto es tan así que cuando no aparecen las mentadas pantallas a todos nos da la sensación que falta algo. Que está vacío. En parte es cierto, si el cantante baila, o arenga, solo unos pocos lo advierten. Y si pocos advierten la arenga, pocos la siguen. O tarda en llegar el mensaje. Y todos perdemos.

Bueno, entonces, hoy por hoy, ¿juzgamos un recital sólo por lo que se produce musicalmente? ¿O está en juego todo?

Si la respuesta es la primera, podemos decir sin miedo que Depeche Mode estuvo a la altura de las circunstancias. Un repertorio variado de canciones, desde aquella Everything Counts –que data de 1983, del álbum Construction Time Again, pero en honor de verdad acá se hizo famosa con el disco en vivo 101, de 1989-, hasta las más nuevas Where´s the Revolution, de Spirit, 2017, fue la carta de presentación del grupo.

Depeche Mode no tiene músicos virtuosos, no busquen solos de guitarra por acá. Al trío originario (Dave Gahan, Martin Gore, Andy Fletcher), se le suman, en buena forma, bajo, batería, teclados y coros. Todos completan una prolija formación en donde el lucimiento pasa por los desplazamientos en escena, movimientos, bailes, y voz –intacta- de Gahan. Él es el show, junto a, por supuesto, hermosas canciones del grupo. Así sonaron Precious, Stripped, Enjoy the Silence, Walking in my shoes, y Never Let me Down again, por decir algunos de los puntos altos del show, todas canciones de diferentes discos y momentos de la historia de la banda. Y la verdad, esa amplia gama y lista de dos horas de show fue de calidad, sin reproches posibles de los fans. Siempre falta alguna canción, y esta vez pudieron haber sonado Just Can´t Get Enouh o Policy Of Truth, sin dudas, pero lo cierto es que la primera no estuvo en la gira, y la segunda entró y salió. El cierre con Personal Jesus fue una cereza de postre, con alta celebración del público.

Pero, ¿qué pasa si está en juego todo? Si entendemos que hace tiempo que los recitales no son sólo música, y que lo visual hoy por hoy es casi tan necesario como lo musical, el recital hizo agua. Las pantallas se apagaron en el tercer tema, volvieron en el medio por un par de temas más, y se apagaron sin más hasta el final. El escenario era algo lejano, las luces hacían que lo que se veía en el campo se parecía más un camión de enfrente en la ruta que otra cosa. El sonido, por cierto, un poco bajo. Entonces, entre la poca claridad visual y un decibel abajo en audio, la verdad, costaba disfrutar a Depeche. Los que veíamos apenas un poco más que la media veíamos un esfuerzo de Gahan por bailar, cantar y hacer como si nada ocurriera… pero algo ocurría. No había pantallas, se veía muy poco.

En el pase de facturas, podemos concluir que Depeche fue responsable. Las pantallas anduvieron con Juana Molina, y, paradójica y casi grotescamente, se encendieron relucientes ni bien terminó la banda con los carteles indicando las salidas. Ya es tarde para lágrimas.

Hoy nos queda la sensación que todo pudo ser mejor, que las disculpas debieron darse en el momento, que Gahan sigue cantando y siendo un showman grosso, pero que la sensación agridulce no se irá hasta la vuelta de Depeche, quien sabe si se producirá y cuando. Las cosas se dañan, las cosas se rompen.

Martín Cormick