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#Review| Esa “pesadilla infinita”: Black Mirror, cuarta temporada.

Este viernes llegó a Netflix la esperadísima nueva temporada de la producción británica que nos ha hecho pensar de forma crítica los usos y los alcances de la tecnología: Black Mirror. La serie ha regresado con el mismo formato que la temporada anterior, con seis episodios, sin embargo con algunas diferencias con la tercera entrega. En el 2016, aparecieron diversas historias que contemplaban, cada una, distintas problemáticas actuales y radicaba allí el terror psicológico: la sensación de que el destino de los personajes fuera una posibilidad para el/la espectadorx. En este caso, tiene protagonismo una suerte de extensión de lo presentado en White Christmas (2×7) y en San Junípero (3×4): la reproducción de la conciencia para una vida infinita, otorgando a la tecnología un lugar divino donde se invierte la idea del alma por una eternidad digital. Aun así, no trata únicamente de ello, ya que existe variedad de tramas y personajes. También halla su punto de contacto (y por lo tanto, su factor de miedo) en lo planteado anteriormente: ¿Qué sucedería si dejáramos que la tecnología siga cumpliendo todos nuestros deseos? ¿Qué sucedería si pudiésemos reproducir los cuerpos de las personas que conocemos para que un videojuego se sienta más real? ¿Qué sucedería si pudiésemos cuidar de nuestrxs hijxs durante todo el día, a pesar de las responsabilidades? ¿Qué sucedería si pudiésemos saber con quién relacionarnos y cuánto tiempo durarán esas relaciones? ¿Qué sucedería si pudiésemos conocer exactamente lo que sienten los cuerpos de nuestros pacientes, sin consecuencias físicas? ¿Qué sucedería si pudiésemos retener las imágenes precisas de nuestra memoria? La respuesta que pareciera darnos el genial Charlie Brooker son conflictos que se originan en la relación entre humano y máquina, donde el primero cede poder total al segundo, ante las debilidades de su especie: la sensibilidad, pero también la ambición y la codicia.

Una sociedad del desborde: “Es una pesadilla infinita de la que no se puede salir”, describe un personaje a un videojuego, pero también nos permite entender ese sinlímite de lo real y lo virtual representado en estos últimos capítulos. Una sociedad que ya abandonó aquella era de las masas gobernadas por la televisión para sumergirse en una era digital donde hasta la voluntad forma parte de un todo que se funda en una ilusión de imágenes. Una sociedad que le entrega control total a la tecnología, que comprende una manipulación pero también una vigilancia constante que no tiene punto ciego. La gran pregunta de esta producción pareciese ser, si le entregamos hasta la conciencia, hasta nuestra intimidad, hasta nuestra voluntad a las nuevas tecnologías, ¿qué lugar ocupa la experiencia? Los personajes están completamente atravesados por el problema filosófico de la experiencia. Protagonizan la serie un hombre que consigue lidiar con sus compañeros de trabajo a través de lo virtual; una madre obsesiva que le roba vivencias y el contacto con los primeros miedos a su hija a través de un implante y una tablet; una pareja que permite que un aparato decida acerca de su relación por ellxs, etcétera. Estos están muy bien construidos de modo tal que nunca son lo que aparentan ser en un principio. Algunxs parecen inocentes, pero esconden una crueldad muy oscura; una crueldad que encuentra una vía ideal a través de la frialdad de la tecnología.

Hay una repetición de temáticas anteriores, además de que se cae en lugares comunes momentáneamente y se omite profundidad en la psicología o en la historia de algunos personajes, pero no deja de sumar novedad a la serie, no deja de volverse cada vez más interesante, consiguiendo de igual manera tensiones muy bien logradas que guían todos los episodios. Cuenta además con los importantísimos aportes de directores como Jodie Foster y David Slade que han generado en su trabajo un notado énfasis por lo visual, por la mirada de los personajes, por ese panóptico que somos a partir de lo digital.

Melina Mendoza