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Llegando los monos: se viene Gorillaz

Gorillaz llega al país por primera vez en su carrera. Siempre en la vanguardia tecnológica y con el rap y la electrónica cada vez más presente, una cosa es segura: es un show que merece ser visto en vivo.

Los monos vienen llegando hace rato. Y si la línea evolutiva de la teoría de Darwin indica que los primates precedieron al hombre, entonces la cadena de la música modelo siglo XXI es exactamente al revés: hace tiempo que unos gorilas hechos en trazo grueso están algunos pasos adelante del hombre común.

Porque la promesa de la virtualidad fue clara: en el futuro todos podrían tener su avatar digital, todo sería posible en un mundo de 0 y 1. Gorillaz fue la única banda –hasta ahora- en la historia, que pudo aprovechar al máximo las posibilidades de un mundo pixelado: allí donde las computadoras caseras era la novedad ellos encontraron un nicho inexplorado. Y con la máxima de lo digital no solo construyeron estética, sino también sonido: si se puede soñar, se puede realizar.

Porque su música fluye con la lógica de la hoja en blanco. Y el resultado es el siglo XXI y no es un cambalache: hip hop, dub, soul, música latina y pop se encuentran en su éter. Y el resultado es tan improbable en lo musical como necesario en lo coyuntural: Damon Albarn simplemente hizo lo que algún otro habría hecho en la confluencia entre grandes novedades de corte tecnológico –y, en tecnología musical- el ascenso irremediable de la cultura del hip hop y el puesto vacante de una banda misteriosa.

Y aunque ese misterio durara poco, tal vez menos de lo necesario, sirvió para darle 3D a la historia: Gorillaz ha sabido conformar una mitología más grande que la de su propia música. Tal vez la historia más grande que haya formado un proyecto musical. Porque, aunque libres por los caprichos del acá y ahora, sus discos construyen aún más que un concepto: construyen una historia. Y en las vidas de 2D, Murdoc, Noodle y Russel hay amores, muerte, historias graciosas y cuentos de terror. Y de un proyecto ambicioso, siempre nacerá un fandom ídem: tanto ha crecido el universo Gorillaz que incluso hay una enciclopedia digital que recopila vida y obra de cada uno de los personajes ficticios que conforman la banda.

A groso modo, la historia puede resumirse en cuatro fases. Allí, no sólo ha cambiado el sonido        -probablemente lo menos importante- sino que han cambiado sus personajes: Damon Albarn y Jaime Hewlett han construido un mundo tan basto y ancho que los protagonistas funcionan como una consecuencia lógica de un engranaje orgánico.

Entendiendo su contexto ficcional se desprende su actualidad musical: si artísticamente han evolucionado desde su disco homónimo hasta lugares cada vez más oscuros, es porque sus protagonistas digitales no han hecho otra cosa más que caer, cada vez más, en una desgracia de miedos, tragedias y peleas.

Humanz, su nuevo disco, el que los trae a la Argentina por primera vez en su historia, no es más que una confirmación de lo ya dicho. Si Clint Eastwood, su track fundacional, el que los puso en el mapa, era uno de esos hits ilógicos pero magnéticos, entonces el nuevo trabajo es la deconstrucción de su costado más pop, la profundización de su sonido más urbano y el respaldo a una troupe emergente de raperos.

Y si Blur, el proyecto original de Albarn, ha funcionado como un anclaje a un britpop que poco duró y mucho sonó, entonces Gorillaz funciona como una eterna proyección a futuro: porque cuando la cultura del rap era una escoria despreciable para un género tan inmaculado como el pop, ellos arriesgaron y ganaron. Recién diez años después –o incluso tal vez más- la alta alcurnia del máximo género del showbiz prefirió sumar algún que otro raperito, más por cuestiones comerciales que estéticas. Ahora, cuando sobran esas referencias a la cultura de la calle y sobra la electrónica, más que cambiar por capricho han preferido profundizar sus virtudes: Humanz no es más que la radicalización del sonido de Gorillaz, que desde hace mucho ha entendido que no hace falta subestimar al oyente para ser popular. Por eso, es la banda de culto más grande del mundo.

Y cuando la lógica indicaba, hace ya mucho tiempo, que Albarn había fundado su nuevo proyecto tan sólo por un capricho megalómano, por la necesidad de salir de un Blur que ya mucho lo había desgastado, el tiempo ha demostrado que las cosas no sólo funcionan en su contexto, sino también en su extensión. Gorillaz no es  su proyecto alternativo: es su banda definitiva. Por carácter, por buen gusto, por ambición.

Ahora, en Humanz, de a poco ha abandonado las voces para acercarse, cada vez más, a la silla de productor, que le sienta muy bien. Pero que no se pierda de vista el foco: Gorillaz es una banda para auriculares, en primera instancia, para lectura de su mundo después y para análisis de sus videoclips también. Pero, sobre todo, recupera la esencia de la música en general: es una banda, sobre todo, para ver en vivo. Y las oportunidades hay que aprovecharlas.